AGUAS PARA CRUZAR A NADO

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Texto bíblico tomado de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional © 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional.

Traducción de Carmen Alvarez.

Existen cuatro plataformas para la salvación que cada miembro del sacerdocio real debe experimentar. Ezequiel, Capítulo 47 describe estas plataformas como niveles mayores de agua. Cada vez que somos juzgados por el Señor aumentamos en vida eterna, aumentamos en cuanto a nuestra condición de unión con Jesús en Dios. Cada vez que alcanzamos un nuevo nivel en Dios somos regresados a un nivel de servicio. Entre mayor conformidad tengamos con la imagen de Jesús y mayor unión con Él, mayor bendición seremos para la humanidad.


AGUAS PARA CRUZAR A NADO

La primera resurrección de entre los muertos, que sucederá cuando el Señor regrese, es para el sacerdocio real (Apocalipsis 20:4-6).

La segunda resurrección, que sucederá al final del periodo de los mil años, es para el resto de la humanidad. Algunos resucitarán para la vida eterna, otros serán arrojados al Lago de Fuego, todo dependerá de las obras de cada quien (Juan 5:28, 29; Apocalipsis 20:11-15).

Aquellos que sean recitados en la primera resurrección serán los primeros frutos de la humanidad para Dios y el Cordero. Ellos serán los redimidos de entre los hombres (Apocalipsis 14:4). Serán árboles de vida. Por medio de ellos vendrá la liberación y la gloria de la Era del Reinado de los mil años.

De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros. (Romanos 8:18—NVI)

“La gloria que habrá de revelarse en nosotros.”

La gloria que vendrá será revelada en los santos. El propósito de los dos mil años de la Era de la Iglesia ha sido, según lo entendemos nosotros, para crear la Persona, la voluntad, y los caminos de Cristo en los miembros de Su Cuerpo.

Cuando Cristo haya sido formado en Su Cuerpo, Cristo—Cabeza y Cuerpo—será revelado. A través de este Hombre colectivo, que es el Siervo del Señor, la creación será liberada del yugo de la corrupción y será llevada a la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Romanos 8:19-21).

El Capítulo 47 del Libro de Ezequiel describe la preparación y el ministerio de los árboles de vida de Dios, de Sus vencedores.

El hombre me trajo de vuelta a la entrada del templo, y vi que brotaba agua por debajo del umbral, en dirección al oriente, que es hacia donde da la fachada del templo. El agua corría por la parte baja del lado derecho del templo, al sur del altar. (Ezequiel 47:1—NVI)

El “templo” o la “casa” (según la versión de la Biblia que se utilice) es el Templo eterno de Dios, que es Cristo—la Cabeza y el Cuerpo –, el Cordero y Su Esposa, la ciudad santa, la nueva Jerusalén.

El “umbral” es el Señor Cristo Jesús.

El “agua” se refiere al Espíritu Santo.

La “fachada del templo” es donde se encuentran las columnas. Los que salgan vencedores serán las columnas del Templo de Dios (Apocalipsis 3:12).

El énfasis que se hace en el “oriente” indica que estamos hablando del Señor, de Su regreso, de la salida del Sol en el Día de Cristo.

El hombre salió hacia el oriente con una cuerda en la mano, midió quinientos metros y me hizo cruzar el agua, la cual me llegaba a los tobillos. (Ezequiel 47:3—NVI)

Una “cuerda en la mano” habla sobre juicio, sobre ser juzgados. Existen cuatro plataformas de la redención que cada miembro del sacerdocio real debe pasar. No hay forma de que alguno de los sacerdotes de Dios pueda evitar cualquiera de estas plataformas o pueda evitar el juicio que lo acompaña.

La primera resurrección no es una resurrección para ser juzgado, como es verdad de la segunda resurrección. Los participantes de la segunda resurrección son juzgados en el momento de la resurrección (al final del periodo de los mil años). Pero cada miembro de la primera resurrección, necesariamente, es juzgado antes de esa resurrección.

En la primera resurrección, los miembros del sacerdocio real regresarán del Cielo con el Señor Jesús. Ellos descenderán a la tierra y tomarán nuevamente sus cuerpos terrestres. Después, ellos ascenderán en una condición glorificada para estar por siempre con el Señor.

Esta es la primera resurrección de entre los muertos. Es volverle a dar vida a los testigos, a los jueces, a los reyes, y a los sacerdotes del Señor para que a través de ellos Jesús pueda llenar toda la tierra con el conocimiento del Señor (Isaías 11:9).

De ellos hiciste un reino; los hiciste sacerdotes al servicio de nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra. (Apocalipsis 5:10—NVI)

Obviamente, las personas de quienes se están hablando en Apocalipsis 5:10 (versículo anterior) ya fueron juzgadas y sus destinos decididos.

Lo mismo es verdad del Apóstol Pablo.

Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida. (2 Timoteo 4:8—NVI)

El propósito de la primera resurrección no es para llevar a la gente salva al Cielo a que disfruten del Paraíso sino para darles nuevamente a los santos victoriosos sus cuerpos para que puedan servir como gobernantes y jueces sobre la tierra—¡no para regresar al Paraíso sino para gobernar!

Entonces vi tronos donde se sentaron los que recibieron autoridad para juzgar. Vi también las almas de los que habían sido decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios. No habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni se habían dejado poner su marca en la frente ni en la mano. (Apocalipsis 20:4—NVI)

Por esto, es necesario que el juicio de cada sacerdote se lleve a cabo perfecta y completamente antes de la primera resurrección o no podrá participar en ella. Ninguna persona puede ser revestida con inmortalidad e ir a estar por siempre con el Señor hasta que haya sido juzgada.

El primer juicio por el que pasamos nos lleva al agua a los tobillos. El agua a los tobillos representa la primera etapa del programa de la salvación. Cuando recibimos a Jesús debemos “salir de Egipto”, por así decirlo. Debemos arrepentirnos de la manera en que nos hemos comportado en el mundo, habiendo practicado inmoralidades, malicia, codicia, odio, y los otros aspectos del espíritu de este mundo.

En el primer juicio se juzga el mundo, como fue cierto de la Pascua. La autoridad de la sangre de Cristo Jesús hace posible que nosotros salgamos del mundo y entremos al Reino de Dios. Recibimos una porción del Espíritu de Dios cuando, por fe, salimos del mundo, cuando clamamos en el nombre del Señor, y cuando somos bautizados en agua.

Las personas de hoy, en muchos casos, no están saliendo del mundo cuando reciben a Cristo Jesús. Ellas están “sentadas en Egipto”, diciendo estar justificadas por la fe. Están practicando una fe muerta, una fe que no tiene la vida suficiente para sacarlas del mundo.

Ellas interpretan mal la redención Divina que hay en Cristo Jesús. Ellas pronuncian el nombre del Señor pero todavía están viviendo en el espíritu de este mundo. Tienen una doctrina “correcta” en sus cabezas y bocas pero no hay vida eterna en ellas. Nunca han realmente vuelto a nacer del Espíritu de Dios.

Aparentemente, no existe un mayor malentendido en ninguna área del pensamiento humano como el que concierne a la enseñanza de Pablo sobre la gracia de Dios en Cristo Jesús. Aunque Pablo, al igual que Santiago, Juan, Pedro, Judas, y el Señor Jesús mismo en los Evangelios, puso en claro que el Evangelio del Reino de Dios tiene que ver con la creación de personas justas y rectas, existe un elemento en las enseñanzas de Pablo sobre la justificación que invita a una doctrina de redención ajena a las Escrituras.

Martín Lutero, quien estaba reaccionando en contra de la Iglesia Católica, hizo hincapié en el concepto de que somos salvos por la fe aparte de un cambio en el comportamiento. El énfasis que hacemos en nuestros días sobre los derechos humanos y sobre la felicidad del individuo ha acentuado la idea de la gracia sin la ley a tal grado que el Evangelio del Reino ha sido pervertido hasta ser irreconocible.

El resultado es pasividad moral.

El elemento en las enseñanzas de Pablo sobre la justificación que es fácil de mal interpretar se encuentra en los versículos (especialmente aquellos que se encuentran en los primeros capítulos del Libro de Romanos) que hacen hincapié en que se nos aplica la justicia de Cristo al identificarnos por fe con Jesús. Es como si hubiéramos guardado perfectamente la Ley de Moisés, aunque nuestro ser y nuestra conducta nunca hayan cambiado en realidad.

Ahora estamos revestidos con la justicia de Cristo.

Aunque esto es verdad, sólo lo es bajo ciertas condiciones. Al ignorar las condiciones, hemos creado una doctrina destructiva sobre la gracia. Es como si de ahora y hasta la eternidad Dios nos viera sólo como si fuéramos Jesús; como si nuestro comportamiento fuera invisible a Dios; como si Él contemplara sólo a Su Hijo cuando nos ve a nosotros.

Muchos pasajes del Nuevo Testamento no concuerdan con el concepto que Dios ve sólo la justicia de Cristo en nuestra personalidad independientemente de nuestro comportamiento.

Por ejemplo:

Si nos examináramos a nosotros mismos, no se nos juzgaría, pero si nos juzga el Señor, nos disciplina para que no seamos condenados con el mundo. (1 Corintios 11:31, 32—NVI)

¿Qué sentido tendría el pasaje anterior si Dios sólo viera la justicia de Cristo en nosotros? Existen numerosos versículos en el Nuevo Testamento que nos exhortan y advierten sobre la pena de continuar en pecado cuando se es Cristiano. Estas advertencias han sido descartadas por muchos predicadores evangelistas de la generación actual. Si no cambian y comienza a advertirle al pueblo de Dios que los Cristianos pecadores están enfrentando, en este mundo y en el que viene, el fuego de Dios serán castigados como profetas falsos.

¿Qué hay de los habitantes de la tierra nueva? ¿Nos veremos los unos a los otros como “Dios nos ve en Cristo”, o nos veremos los unos a los otros como realmente somos? Si nos veremos los unos a los otros como realmente somos, el mundo nuevo no será diferente a este, si ningún cambio ha sucedido en nosotros.

En ese caso, todavía amaremos al mundo. Todavía querremos ser parte del sistema monetario del Anticristo. Todavía confiaremos en una educación del tipo Greco-Egipcia para liberarnos de los problemas. Todavía confiaremos en las personas en lugar de confiar en Dios.

No hay justicia del Reino en la doctrina que dice que podemos permanecer como parte de las ideas y de las actividades del mundo y de todos modos ser parte de Cristo.

Si tomamos la doctrina de la justicia por identificación con Cristo, y luego echamos fuera las condiciones, tenemos un evangelio realmente abominable. Creemos estar en lo correcto al sostener que la mayoría de los evangelistas de nuestros días han adoptado un “evangelio” en el que el creyente puede asociarse con Jesús mientas que él todavía “se ocupa de alimentarse y de vestirse a sí mismo” (Isaías 4:1).

La idea que se es justo por identificación e imputación (justicia asignada), aparte de serlo por las condiciones que son espiritualmente reales, ha destruido el testimonio Cristiano. La doctrina de la gracia sin la ley ha penetrado el pensamiento Cristiano y ha resultado en tales aberraciones como el rapto antes de la tribulación, la enseñanza de la prosperidad, y el énfasis exagerado en el amor y la misericordia de Dios.

Ciertamente es verdad que cuando recibimos al Señor Jesús somos revestidos con Su justicia. Somos liberados de la Ley de Moisés. Pero somos liberados de la Ley de Moisés para ser esposados con Cristo. Estar casados con Cristo significa que cada aspecto de nuestro ser y de nuestra conducta debe llegar a la unidad con el Jesús viviente.

Los evangelistas de hoy dicen que han sido liberados de la Ley de Moisés por la justicia de Cristo. Pero aparentemente pocos creyentes están casados con Jesús. Ellos no han entrado en unión con Jesús en todos los aspectos de su ser y de su conducta. Ellos están buscando la manera de ser justos legalmente sin tener que entrar por la Fuente de justicia, por Cristo Jesús.

Dada la complejidad del problema bajo discusión, además del énfasis actual en el placer humano, es fácil ver como ésta angustiosa situación ha surgido. Sin embargo, Dios no se está haciendo de la vista gorda.

Siempre ha sido cierto, es cierto hoy, y seguirá siendo cierto por siempre que todo el que esté asociado con Cristo Jesús debe huir de la iniquidad. Si el creyente no hace esto, será cortado como rama.

Es hora de que la gente Cristiana de todas partes se arrepienta. Hemos malentendido a Pablo. Hemos creído que Dios nos aceptará en Cristo Jesús aunque nunca nos hayamos realmente arrepentido, aunque no presentemos nuestro cuerpo como sacrificio vivo, y aunque rechacemos ofrecer nuestra vida, tomar nuestra cruz, y seguir a Jesús. Hemos confiado en una doctrina falsa de la redención.

Si no nos arrepentimos, si no salimos del mundo, si no presentamos nuestro cuerpo como sacrificio vivo, y si no tomamos nuestra cruz y seguimos al Señor Jesús es tonto que consideremos la posibilidad de ser resucitados en la primera resurrección. La primera resurrección es para los que salgan vencedores, para los sacerdotes de Dios y de Cristo. Aquí no hay lugar para la gente que está confiada en que serán revestidas en la justicia de Cristo pero que nunca han cedido sus vidas a Dios como quienes han sido liberados del pecado y de la muerte del reino de Satanás.

En el primer juicio se juzga el mundo. Si realmente nos arrepentimos, y si barremos toda la levadura del pecado y la sacamos de nuestra casa, entonces, Cristo nos recibirá. Recibiremos una porción de la vida eterna de Dios. Esto es el agua hasta los tobillos.

El segundo juicio nos lleva a las aguas hasta las rodillas:

Luego midió otros quinientos metros y me hizo cruzar el agua, que ahora me llegaba a las rodillas…(Ezequiel 47:4—NVI)

En el primer juicio se juzga el amor por el mundo que hay adentro de nosotros. El segundo juicio juzga la naturaleza satánica que mora en nuestra carne.

El Espíritu Santo trabaja en el santo verdadero para darle victoria sobre el pecado. El creyente debe matar el pecado por el poder del Espíritu de Dios. Cuando caminamos en el Espíritu, no seguimos los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa:

Así que les digo: Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa. (Gálatas 5:16—NVI)

El primer juicio nos ordena confiar en la sangre del Cordero y dejar Egipto (el mundo). No debemos sentarnos en Egipto y hablar sobre cómo Dios nos ha prometido la tierra donde abunda leche y miel. Nosotros debemos poner la sangre sobre nuestra casa, ponernos de pie, y salir de Egipto.

El segundo juicio obra para destruir la naturaleza pecaminosa de nuestra personalidad. Si somos fieles en dejar el mundo, en tomar nuestra cruz, y en seguir al Señor Jesús, entonces el Espíritu Santo comenzará la obra de liberarnos de los yugos heredados y adquiridos que habitan en nuestra personalidad.

El arrepentimiento del mal comportamiento que hay en el mundo es una acción que nosotros podemos tomar conforme oramos y buscamos al Señor. El segundo juicio nos lleva un paso más adelante. Por el poder del Espíritu Santo podemos matar las acciones de nuestro cuerpo y caminar en la santidad del Espíritu Santo.

Sin embargo, no es sino hasta el tercer y cuarto juicio que podemos lograr la liberación completa de todo aspecto malo de nuestra personalidad, incluyendo nuestra voluntad propia. El tercer y cuarto juicio nos preparan para la redención de nuestro cuerpo mortal y para ser revestidos con el cuerpo del Cielo para que toda nuestra personalidad, todo nuestro espíritu, toda nuestra alma, y—a la venida del Señor—todo nuestro cuerpo, sea totalmente libre de todo trazo de pecado y rebelión.

Hoy, Dios está derramando Su Espíritu con poder Pentecostés. Hay mucha alabanza. Dondequiera que se escuchen las alabanzas de Dios ahí también estará la espada de doble filo. Dondequiera que haya agua de vida eterna, ahí también estará el Hombre con la cuerda de juicio en Su mano.

Nuestro día es de regocijo ante el Señor. El Arca del Pacto está camino a Sión y hay canción y baile entre el pueblo del Señor. Ahora, es tiempo de adoración y gozo en los corazones.

Al mismo tiempo, el fuego de Dios está llegando sobre los pecados que el pueblo de Dios está practicando. Esto es porque la Ley, el pacto, está en el Arca. El pacto es la ley moral de Dios. La Presencia del Arca del Pacto hace que huyan los enemigos del Señor. El Arca lleva el juicio de Dios a todas las obras de Satanás.

Cuando venimos a Jesús, Él nos cubre con Su justicia. Él nos quita la condenación de la Ley de Moisés. Pero lo hace para tener la libertad de purificarnos por medio de Su Espíritu Santo. Esto lo hace—efectiva y minuciosamente. El día de hoy, el Señor Jesús está lavando a Su Iglesia. Debemos confesar los pecados que Él nos muestre, arrepintiéndonos de ellos, y resistiéndonos a ellos por la sabiduría y el poder del Espíritu.

Todas las religiones tienen edificios y muebles especiales, misterios sobre su fe, y un código obligatorio de conducta. El Cristianismo moderno tiene sus edificios y muebles especiales, misterios sobre su fe, pero ha descartado su código obligatorio de conducta en favor de una “gracia” que no está en las Escrituras. Esta es la razón por la que Estados Unidos, Inglaterra y otras llamadas “naciones Cristianas” están vomitando en el mundo suciedad moral, violencia, embriaguez, codicia, mentira, robo, traición, egocentrismo, y todas las demás abominaciones mientras que otras religiones y culturas están tratando de conservar algo de apariencia de moralidad.

La luz de la moralidad de los Musulmanes, en ciertas ocasiones, está brillando con más intensidad que la de los Cristianos. Sin embargo, la religión musulmana no tiene el poder para destruir el pecado de la personalidad humana. Pero la salvación Cristiana ciertamente sí tiene el poder para destruir el pecado de la personalidad humana. Ésta puede destruir el cuerpo de pecado que se encuentra en la personalidad de Adán.

Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado: (Romanos 6:6—NVI)

El propósito del pacto nuevo es darle al pecado un final eterno. La mayoría de los escritos del Nuevo Testamento tiene que ver con mandamientos que nosotros debemos guardar conforme el Espíritu de Dios nos asiste hasta que Dios sea formado en nosotros. Cristo formado en nosotros y viviendo en nosotros es el pacto nuevo.

En cada caso, y en todos los casos, la meta de la salvación Cristiana es cambiar en la gente su comportamiento de pecado a uno de justicia. Cualquier enseñanza Cristiana que no nos exija un cambio de conducta, de ser pecaminosa a ser justa y recta, no es de Dios sino que es de “otro evangelio”.

El sacerdocio de Dios se volverá santo, no por imputación (justicia asignada) sino por la purificación con fuego, quemando y sacando de nosotros la maldad de nuestra carne. Es el juicio eterno de Dios sobre los espíritus malvados que moran en nuestra carne. Los sacerdotes del Señor son realmente santos, no sólo santos por decreto por pertenecerle a Él.

El camino hacia la primera resurrección de entre los muertos incluye no sólo salir de Egipto bajo la cobertura de la sangre del Cordero sino también ser purificado con fuego con el bautismo de fuego:

Con espíritu de juicio y espíritu abrasador, el Señor lavará la inmundicia de las hijas de Sión y limpiará la sangre que haya en Jerusalén. (Isaías 4:4—NVI)
Se sentará como fundidor y purificador de plata; purificará a los levitas y los refinará como se refinan el oro y la plata. Entonces traerán al Señor ofrendas conforma a la justicia. (Malaquías 3:3—NVI)
Porque si ustedes viven conforme a ella [la naturaleza pecaminosa], morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. (Romanos 8:13—NVI)

El agua hasta los tobillos significa nuestra salida del mundo. Nuestros pies ya no están plantados sobre el mundo. El agua hasta las rodillas representa nuestro andar en el Espíritu de tal manera que no estamos sirviendo a Satanás—ya que todo pecado procede de Satanás. El que comete pecado es siervo del diablo. El Señor Jesús vino para que esas cadenas de servicio puedan ser rotas.

Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos. No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de injusticia; al contrario, ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, presentando los miembros de su cuerpo como instrumentos de justicia. (Romanos 6:12, 13—NVI)

El pecado es ajeno al hombre. Un espíritu ajeno entró al jardín y llevó al hombre a estar bajo su yugo. El Señor Jesús vino para que mediante Su Virtud sea posible romper las cadenas del pecado y de la muerte que están sobre la humanidad, y para alejar de la faz de la tierra hasta el recuerdo del pecado.

Observa como cada vez que somos juzgados aumentamos en vida eterna. El agua se vuelve más profunda. El sacerdocio de Dios siempre gobierna por el poder de la vida de resurrección eterna e incorruptible, como es representado por el agua.

En el primer juicio se juzga el mundo. Nosotros debemos salirnos del mundo. En el segundo juicio se juzga el pecado. Debemos abandonar el pecado, conforme el Señor nos capacita.

En el tercer juicio se juzga nuestra voluntad propia.

…Midió otros quinientos metros y me hizo cruzar el agua, que esta vez me llegaba a la cintura. (Ezequiel 47:4—NVI)

Los “tobillos” representan que ya no estamos parados en el mundo. Las “rodillas” representan nuestro andar en el Espíritu de Dios. La “cintura” o el “lomo” habla sobre la fuerza y la reproducción, ya que la fuerza de un hombre está en su lomo. El juicio debe alcanzar hasta el nivel de nuestra fuerza y de nuestra fructificación.

La autoridad de la sangre de la cruz logra el primer juicio.

La sabiduría y el poder del Espíritu de Dios, trabajando bajo la autoridad de la sangre, logran el segundo juicio.

Llevar con paciencia y fidelidad nuestra cruz personal logra el tercer juicio.

Existen muchas personas que han recibido al Señor Jesús y que han salido del mundo.

Existe un número más pequeño de creyentes que están siguiendo hacia adelante en el Espíritu hasta la victoria sobre el pecado.

Hay un número aún más pequeño que está dispuesto a soportar la cruz de la paciencia y la obediencia para que su voluntad pueda ser reemplazada por la voluntad de Dios.

El Señor debe echar fuera del trono de nuestra personalidad a la voluntad propia.

Nuestra cruz personal logra el tercer juicio. En el tercer juicio se juzga el deseo de mantener nuestra voluntad aparte de la voluntad de Dios. A muchos Cristianos que están saliendo del mundo y que están llevando una vida santa se les hace difícil entregarse a Dios al grado que Dios requiere.

Sólo hay una voluntad legítima en el universo. Esa voluntad es la voluntad de Dios. Todas las demás voluntades deben escoger fusionarse con la única Voluntad. El único individuo realmente libre es aquel cuya voluntad se ha vuelto una con la voluntad de Dios de tal manera que su voluntad es hacer a cada instante la voluntad de Dios. Todo lo demás se queda corto de la Gloria de Dios. Todo lo demás se queda corto de la primera resurrección de entre los muertos. El Reino de Dios es hacer la voluntad de Dios.

La cruz personal consiste de dos dimensiones: (1) retrasar la posesión de las cosas, las relaciones humanas, y las circunstancias que deseamos fervientemente; y (2) ser llevados a situaciones en las cuales las cosas, las relaciones humanas, y las circunstancias que aborrecemos o que nos son dolorosas sean parte de nuestra vida.

¿Cuántos creyentes han ideado su escape de la prisión de Dios porque no podían confiar en que Dios los liberaría en Su tiempo? Estas personas nunca pueden pasar más allá de Pentecostés hacia el cumplimiento espiritual de la fiesta de los Tabernáculos, hacia la obtención de la primera resurrección de entre los muertos. Sólo unas cuantas personas de nuestros días, aparentemente, están dispuestas a confiar en Dios cuando sus deseos intensos no están en el proceso de ser realizados, cuando son mantenidos en situaciones dolorosas y aborrecidas por ellos.

Solamente menospreciando nuestra vida hasta la muerte es que finalmente lograremos hacer que Satanás caiga de los cielos.

Vencemos al acusador por medio de la sangre, por el mensaje del cual damos testimonio, y no valorando tanto nuestra vida como para evitar la muerte.

Las aguas de vida fluyen hacia el mundo sólo desde el Trono de Dios, nunca del trono del hombre. Sólo conforme nos volvemos uno con la voluntad de Dios y conforme el Trono de Dios y del Cordero se establecen en nosotros por la eternidad es que podemos entrar al cumplimiento espiritual de la fiesta de los Tabernáculos.

La creación está aguardando la manifestación de los hijos de Dios, la revelación de aquellos creyentes que han salido del mundo; de quienes, mediante el Espíritu de Dios, han vencido al pecado; y de quienes han aguantado con paciencia sus experiencias de Getsemaní. Será desde los santos desde donde fluirá el conocimiento de la Gloria del Señor hasta que cubra la tierra como el agua cubre el mar.

En ocasiones, pasar por estos tres juicios, sobre el mundo, sobre el pecado, y sobre nuestra voluntad propia, puede ser causar bastante tensión. Es como si el Señor, a quien siempre amamos, nos estuviera llevando hacia el dolor y la muerte. Y sin embargo, Él nos sigue levantando conforme lo seguimos. Él nos hiere, y luego nos sana. Siempre hay un nivel más alto por obtener. No nos atrevemos a relajarnos ni por un momento porque Satanás está listo para hacernos caer en una trampa.

Entonces, comenzamos a concebir la redención Cristiana como una larga lucha para lograr la victoria en espíritu, en alma, y en cuerpo, una lucha que terminará sólo con nuestra muerte física—¡si es que entonces!

Existe un cuarto nivel de vida:

Midió otros quinientos metros, pero la corriente se había convertido ya en un río que yo no podía cruzar. Había crecido tanto que sólo se podía cruzar a nado. (Ezequiel 47:5—NVI)

Este viene siendo el lugar en donde somos uno con Jesús en Dios. Las luchas se han terminado. La tristeza de los dolores ya no la recordamos porque Cristo ha nacido en nosotros y está reposando en Su Padre. Los recuerdos de los juicios ya se están olvidando. Nuestra guerra se ha terminado, nuestras iniquidades perdonado. Dios nos reconforta.

No es que ya no tengamos tribulaciones ni tentaciones al seguir en el mundo. Los tenemos. Pero la lucha constante entre la muerte y la vida de nuestra alma para llegar a ser un espíritu que da vida logra que nos demos cuenta del continuo aumento de vida normal y reposada vivida eternamente en Dios por medio de Cristo.

Y después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables. (1 Pedro 5:10—NVI)

No soportamos nuestra cruz durante toda la eternidad. Tan pronto como Dios esté satisfecho con que Su Presencia en nosotros haya vencido el mundo, el pecado, y la voluntad propia, Él estará listo para recibirnos como Sus hijos en una condición tan normal como nunca hemos experimentado desde que comenzamos nuestro discipulado.

Hemos muerto en el Señor, descansaremos de nuestras tareas, y nuestras obras nos seguirán.

Entonces oí una voz del cielo, que decía: “Escribe: Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor.” “Sí—dice el Espíritu –, ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan.” (Apocalipsis 14:13—NVI)

Nuestra muerte al mundo, al pecado, y a nuestra voluntad propia está de conformidad con los cuatro rostros del querubín (Ezequiel 1:10).

Primero morimos al “león”, a la parte de nosotros que se esfuerza por la seguridad y el dominio sobre el mundo. Los leones jóvenes sufren hambre hasta que capturan a su presa. Jesús fue probado con la invitación a usar Su fe Divina para hacer pan.

Luego morimos al “toro” o al “buey”. El buey es un siervo. La humanidad soporta el peso del pecado. Cristo ha venido para que seamos libres de poder escoger servir la justicia, para soportar el yugo del Señor. Jesús fue probado con la invitación a adorar a Satanás. Se le ofreció la oportunidad de gobernar, por medio de Satanás, los reinos de este mundo. Pero ningún hombre jamás puede gobernar el pecado. El que comete pecado siempre es esclavo del pecado.

Después morimos al “águila”. El águila representa nuestro deseo de volar por el universo de Dios buscando nuestro propio destino. Jesús fue invitado a “volar” desde lo alto del Templo de Herodes. Sólo conforme aceptamos la creación de Dios, conforme entramos a Su reposo, es que somos salvos de la maldición de esforzarnos por controlar nuestro propio destino en el Reino.

Finalmente morimos al “hombre”. Todo aquello que es esencialmente cierto sobre nuestra personalidad es llevado a la muerte. Entonces se nos puede dar el rostro del hombre, el hombre eterno que Dios ha tenido en mente desde el principio.

Nos volvemos un hombre, un hijo de Dios. El que salga vencedor heredará todas las cosas, y Dios será su Dios, y él será hijo de Dios. La redención y el discipulado Cristiano nos lleva a lo que Dios quiere decir por “hombre”. Es el hombre a quien le ha sido dado el dominio sobre todas las obras de las manos de Dios (Hebreos, Capítulo Dos).

Los descendientes de Adán no son “hombre”, según la manera en que Dios tiene la intención de que el término sea definido eventualmente. El único Hombre verdadero que ha caminado sobre la tierra es Jesús. Nosotros estamos siendo hechos a Su imagen, volviéndonos de esta manera un “hombre”.

Los hermanos del Señor Jesús son los que serán resucitados en la primera resurrección. Ellos son los árboles de justicia de Dios. Ellos son los árboles de vida de Dios. Ellos son testigos, jueces, reyes, y sacerdotes de Dios y de Su Cristo. Ellos son las columnas del Templo de Dios, los primeros frutos de la nueva Jerusalén.

Existe otro juicio conforme entramos en el cuarto nivel de vida—el agua para cruzar a nado (versículo cinco). Este juicio no es una muerte al mundo, ni al pecado, ni a nuestra voluntad propia. Más bien, es una evaluación de nuestro deseo y de nuestra voluntad por hacer todo a un lado para poder ganar a Cristo. Pablo dejó todo para conocer a Cristo al máximo.

Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo. (Filipenses 3:8—NVI)

El cuarto juicio es un paso más allá de la redención de nuestra personalidad. En este paso, deseamos y estamos dispuestos a hacer a un lado todo lo demás para que podamos ser parte integral del Señor Cristo Jesús.

Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos. (Filipenses 3:10, 11—NVI)

Conforme consideramos las palabras del Apóstol Pablo en el Capítulo Tres del Libro de Filipenses podemos ver que su búsqueda de Cristo excede por mucho casi cualquier cosa que nosotros hayamos escuchado o experimentado.

La idea de que el Apóstol Pablo, hacia el final de su vida y estando en la cárcel, todavía estuviera buscando conocer a Cristo es difícil de comprender. Compara la actitud de Pablo con la palabrería de quienes han tomado “los cuatro pasos de la salvación” e imagínate que ahora están camino al Cielo sin importar cómo se comporten.

Cuando Pablo habla sobre llegar a conocer el poder que se manifestó en la resurrección de Cristo y participar en Sus sufrimientos para poder alcanzar la resurrección de entre los muertos, nosotros hoy en día tenemos poco o ningún entendimiento sobre lo que el Apóstol estaba hablando. Sin embargo, las palabras de Pablo han de ser importantes, porque está anunciando el enfoque principal de su vida, la obtención de la vida incorruptible de resurrección, la primera resurrección.

La sabiduría y el poder que nos son dados para salir del mundo, para lograr la victoria sobre el pecado, y para romper las cadenas de la voluntad propia, son dones de gracia que nos llevan a la vida eterna. Estas liberaciones son logradas conforme respondemos a la gracia de Dios en Cristo Jesús.

De hecho, la liberación del mundo, del pecado, y de la voluntad propia son en sí recompensas por hacer lo que Dios nos ha ordenado. La mayor liberación de todas, la mayor recompensa de todas, será la primera resurrección. Quienes participen en la primera resurrección serán los hijos y herederos de Dios.

Pero la base para la liberación de los tres yugos, y para la vida y la gloria que resulta de nuestra liberación, es cómo nos comportamos en el mundo—especialmente nuestra respuesta a la gracia encomendada a nosotros en Cristo Jesús. Conforme busquemos al Señor con diligencia, obedeciéndolo en cada detalle, Él aumentará el grado de liberación que podremos disfrutar. A mayor liberación mayor vida eterna.

La liberación de la mundanería, del pecado, y de la voluntad propia son obras de la redención que hacen que nuestra personalidad sea aceptable a Dios. Después de esto existe una compulsión por adoptar todo lo que es Cristo.

Ningún individuo está exento de dar esta explicación. Entre más gracia y liberación le haya sido dada, más se le pedirá en cuanto a su obediencia, a su servicio, y a su diligencia en las cosas de Cristo Jesús.

Dios es un sembrador. Él está buscando fruto. Dios es un hombre de negocios. Él requiere de un recuento de todo lo que nos ha sido confiado. Él exige una ganancia en Su inversión, o de otra manera, Él nos quita Su capital y se lo encomienda a otro que ha sido más diligente.

Aunque la evaluación de nuestras respuestas a las bendiciones que nos han sido otorgadas no sucede hasta que muramos físicamente, las recompensas o los castigos quizá se reflejen hacia atrás en el tiempo. Aunque quizá todavía no hayamos dado nuestras respuestas a Dios, posiblemente ya estemos entrando a niveles eternos de vida, de posición, y de servicio, o de oscuridad, de tormento, y de muerte, según la manera en que nos hemos estado portando, y la manera en que nos portaremos.

Pero el Señor estaba pensando: “¿Le ocultaré a Abraham lo que estoy por hacer? Es un hecho que Abraham se convertirá en una nación grande y poderosa, y en él serán bendecidas todas las naciones de la tierra. Yo lo he elegido para que instruya a sus hijos y a su familia, a fin de que se mantengan en el camino del Señor y pongan en práctica lo que es justo y recto. Así el Señor cumplirá lo que le ha prometido.” (Génesis 18:17-19—NVI)

¿De verdad nos conoce Dios? ¿Está Dios seguro que instruiremos a nuestros hijos y a nuestra familia a que se mantengan en el camino del Señor y que pongan en práctica lo que es justo y recto?

Dios conoce las elecciones que hemos tomado y las que seguiremos tomando, y nos recompensa de acuerdo a esas elecciones aún ahora. Y sin embargo, nuestras elecciones están bajo nuestro control, y de hecho determinan nuestro destino. Dios conoce nuestro corazón pero nos juzga de acuerdo con lo que hacemos.

Destinos eternos son decididos en las cocinas y en los campos. Terriblemente espantosas o gloriosamente fantásticas consecuencias resultan de decisiones hechas en las situaciones más comunes de la vida.

Considera las consecuencias eternas de la decisión de Esaú de comprar sopa de lentejas con su primogenitura, después de haber cazado en los campos en una tarde asoleada. Piensa en quienes escucharon las predicaciones de Dios hecho carne, y que luego se fueron a sus casas en Nazaret a ocuparse de sus quehaceres diarios. ¡O de la decisión de Simón Pedro de seguir al Maestro!

En cuanto logramos llegar al agua para cruzar a nado somos llevados nuevamente a la orilla del río.

Entonces me preguntó: “¿Lo has visto, hijo de hombre?” Enseguida me hizo volver a la orilla del río. (Ezequiel 47:6—NVI)

Parece ser que cada vez que alcanzamos un nivel nuevo en Dios somos llevados a un lugar de servicio. Tarde o temprano nos damos cuenta que Dios ha hecho estos poderosos cambios en nosotros debido a las necesidades de la humanidad, no para que tengamos una mejor categoría en el Reino. Las naciones de la tierra serán bendecidas en nosotros, y por esto debemos hacer la transición de hijo de Adán a espíritu que da vida.

Puesto que me has obedecido, todas las naciones del mundo serán bendecidas por medio de tu descendencia. (Génesis 22:18—NVI)

Entre mayor conformidad tengamos con la imagen de Jesús y mayor unión con Él, mayor bendición seremos para la humanidad.

Cristo es la Semilla de Abraham. Nosotros hemos sido hechos el complemento, la realización, de Cristo Jesús. Hemos sido hechos a la imagen de Cristo. Hemos sido unidos a Él en un matrimonio eterno mediante las obras del Espíritu Santo de Dios. Hemos sido aprobados de Dios. Por esto, ahora es el momento de nuestra fructificación y de nuestro dominio.

Los hijos de Dios, los hermanos de Cristo Jesús, han sido escogidos por Él y han sido comisionados para dar fruto a través de Él.

No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Así el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. (Juan 15:16—NVI)

Nuestro fruto será expresado conforme ministramos como sacerdotes a las naciones salvas de la tierra. Las naciones son nuestra herencia porque somos coherederos con Cristo (Salmo 2:8).

Somos los primeros frutos de la humanidad para Dios y el Cordero. Tenemos adentro de nosotros las primicias del Espíritu Santo—el mismo Espíritu de vida que algún día llevará a toda la creación a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. La Vida eterna de Dios fluirá desde nosotros hacia el mundo en cuanto nosotros hayamos sido hechos el Trono de Dios.

El tercer juicio, el juicio sobre nuestra voluntad propia, es de vital importancia. Conforme seguimos adelante en el cumplimiento espiritual de la fiesta Levítica de los Tabernáculos nos damos cuenta de que el Reino de Dios está entrando en nosotros.

Para poder recibir esta nueva dimensión de la gracia debemos estar dispuestos a confiar en Dios en todo. Nuestra voluntad, que está ligada a nuestros deseos personales y a nuestro entendimiento mental, debe ser crucificado. Debemos hacer la transición de ser dominados por nosotros mismos a ser dominados por Cristo.

La transición de ser dominado por nosotros mismos a ser dominados por Cristo es más que una aceptación de hechos teológicos. Más bien, involucra resistir podadas severas, imposiciones de la voluntad de Dios sobre nosotros que no deja lugar para nuestra propia voluntad y para el amor a nosotros mismos.

El Señor Dios del Cielo entra a cada área de nuestra personalidad probando, investigando, evaluando, reprendiendo, disciplinando, y reconfortando. No existe ningún otro camino hacia la primera resurrección.

Finalmente llegamos al otro lado de la orilla. Comenzamos a hacer nuestra la voluntad de Dios. Nos encontramos codiciando la imposición de la Presencia de Dios en cada detalle de nuestro ser y de nuestra conducta. Ansiamos sobre nosotros y sobre nuestros seres queridos el hierro y el fuego del Reino para que nuestra vida sobre la tierra sea vivida con poder y sabiduría del Reino.

Cuando entramos al cumplimiento espiritual de la fiesta de los Tabernáculos (Levítico 23:34), volviéndonos el Trono de Dios y del Cordero, comenzamos a cambiar de un tipo de criatura a otra. Ya no somos completamente “Adán”. Estamos volviéndonos un espíritu vivificador; no sólo un espíritu “viviente”, sino en un espíritu “que da vida”.

Así está escrito: “El primer hombre, Adán, se convirtió en un ser viviente”, el último Adán, en el Espíritu que da vida. (1 Corintios 15:45—NVI)

Estamos siendo creados sacerdotes de Dios y de Cristo que dan vida porque Dios desea que Su Vida se extienda a las naciones de la tierra. El papel de los miembros de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, es servir como mediadores entre Dios y la humanidad.

Todo creyente que desee participar en la primera resurrección debe pasar por las primeras tres plataformas de la salvación antes de que suene la séptima trompeta—la trompeta que anuncia la venida de Cristo y la primera resurrección de entre los muertos.

Observa el orden que tienen los eventos de la segunda resurrección. La segunda resurrección sucederá al final del periodo de los mil años (compara Apocalipsis 20:12-15):

Los muertos son resucitados y presentados ante Dios.

Los libros son abiertos y los muertos son juzgados según lo que está escrito en los libros.

Los nombres que no estén escritos en el Libro de la Vida son arrojados al Lago de Fuego.

El orden es: resurrección, juicio, ejecución de la sentencia.

¿Qué sucederá cuando suene la séptima trompeta, al momento de la primera resurrección, cuando comience el periodo de los mil años?

En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque final de la trompeta. Pues sonará la trompeta y los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados. Porque lo corruptible tiene que revestirse de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad. Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: “La muerte ha sido devorada por la victoria.” (1 Corintios 15:52-54—NVI)

Nuevamente:

El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre. (1 Tesalonicenses 4:16, 17—NVI)

Puede verse que hay una diferencia importante entre las dos resurrecciones.

El orden de la segunda resurrección es: resurrección, juicio, ejecución de sentencia. La sentencia será entrada a la vida eterna (Juan 5:29; Mateo 25:46) o castigo eterno.

Pero en la primera resurrección, los participantes se vuelven inmortales inmediatamente al sonar la trompeta.

La enseñanza común de hoy, que está basada en la perversión actual de la gracia, es que todos los que profesen fe en Cristo Jesús son resucitados en la primera resurrección. Se vuelven inmortales y son arrebatados para estar por siempre con el Señor. Después de ser revestidos con inmortalidad y ascender a estar por siempre con el Señor Jesús son llevados ante el Tribunal de Justicia de Cristo.

Pero la Segunda Carta a los Corintios 5:10 dice que cada persona que comparezca ante el Tribunal de Justicia de Cristo recibirá según lo bueno o lo malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo.

¿Cómo puede un individuo que se ha vuelto eternamente vivo, que ha recibido un cuerpo como el del Señor Jesús—un vehículo enorme de luz y gloria trascendental—recibir lo malo que ha hecho? ¿Cómo puede un juez inmortal y glorificado ser juzgado y luego recibir sentencia?

Si la vida eterna es la sentencia del justo, ¿cómo puede recibir la sentencia antes de ser juzgado? Ya que en la enseñanza actual, la trompeta suena, los profesores de fe en Cristo son vestidos de inmortalidad, y después son juzgados.

Este no puede suceder. Uno no puede recibir la sentencia del justo, que es la inmortalidad, y luego ser juzgado. Esto es ilógico y no está en las Escrituras. No existe base bíblica para esto a excepción del entendimiento pervertido de la gracia que abunda hoy en día.

Los sacerdotes de Cristo obtienen la vida mientras que todavía están en el mundo porque sus obras complacen a Dios a tal grado que Él los capacita para lograr la victoria sobre el mundo, sobre el pecado, y sobre la voluntad propia. Ya no existe maldad en ellos que tenga que ser juzgada. Todo a sido juzgado durante sus vidas sobre la tierra. Ellos son los vencedores, los conquistadores, las columnas del Templo de Dios.

Aunque vayan a rendirle cuentas a Dios, como sucederá con todo individuo, ellos ya han tenido la seguridad de la corona de vida.

Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida. (2 Timoteo 4:8—NVI)

Esto es lo que significa alcanzar la primera resurrección de entre los muertos (Filipenses 3:11).

Por lo general, el hombre debe morir y después ser juzgado. Ya que los que están vivos y que permanecerán hasta la venida del Señor nunca mueren en el sentido común, parece posible que ellos habrán rendido cuentas sobre sí mismos, previamente, quizá mientras hayan estado escondidos con el Señor durante el periodo de la tribulación. Parece sumamente improbable que Dios revestiría a alguien con un cuerpo como el del Señor Jesús y luego revisaría su conducta sobre la tierra.

Esos “Eunucos” que estarán vivos sobre la tierra cuando el Señor regrese son un grupo especial de santos en cuanto a que no se les pedirá que mueran como los otros hombres. Es posible que ellos tendrán experiencias con el Señor que no son necesarias para los otros miembros del sacerdocio real.

La enseñanza actual es que el Tribunal de Justicia de Cristo (el bema—el tribunal donde criminales acusados son llevados para la decisión del juez, según el uso de la palabra en el Nuevo Testamento) es un juicio simbólico. Que no es real. También se dice que el juicio de la segunda resurrección es una farsa, porque todos los participantes ya han sido condenados al Lago de Fuego. Las enseñanzas evangélicas actuales han hecho de ambos juicios un objeto de burla, ninguno de los cuales está de acorde con la Segunda Carta a los Corintios 5:10.

La verdad es que los miembros del sacerdocio real pasan por el bema durante sus vidas sobre la tierra. Ellos reciben aquí lo malo que han hecho y sufren sus consecuencias (2 Tesalonicenses 1:5; 1 Pedro 4:12-19). Después de que su obediencia ha sido perfeccionada son sentenciados a volverse espíritus que dan vida y a ser resucitados en la primera resurrección.

Esta es la resurrección que el Apóstol Pablo trataba de alcanzar. Esta era su meta, su objetivo.

Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su mente. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos. (Filipenses 3:10, 11—NVI)

Con un poco de reflexión te darás cuenta de lo imposible que sería conferir un cuerpo como el del Señor Jesús a un creyente, y después castigarlo por lo malo que ha hecho. Es obvio que recibir según lo que hayamos hecho como se presenta en la Segunda Carta a los Corintios 5:10 no puede ser otorgado a los santos después de ser resucitados y ascendidos a estar por siempre con Jesús.

La razón por la que los muertos en Cristo se vuelven inmortales al sonar la séptima trompeta es porque su juicio se ha efectuado anteriormente. Ellos están parados en el Reino y no en el mundo (agua hasta los tobillos). Ellos están caminando en el Espíritu y no están siguiendo los malos deseos de su naturaleza pecaminosa (agua hasta las rodillas). Ellos están muertos a su propia voluntad y se han convertido en el Trono de Dios y del Cordero (agua hasta la cintura).

Ellos están listos para nadar en la plenitud de la vida de resurrección. Su guerra a terminado, su iniquidad ha sido perdonada, y ahora ellos están viviendo la vida de una fe sencilla y de obediencia en Cristo en Dios.

Todo esto se ha logrado en ellos antes de que suene la séptima trompeta.

Ellos no serán juzgados después de ser resucitados. Ellos serán los jueces de hombres y de ángeles. Ellos no serán resucitados para entrar a la vida eterna. Ellos serán los árboles de vida, la fuente de vida eterna para las naciones salvas.

Entonces vi tronos donde se sentaron los que recibieron autoridad para juzgar. Vi también las almas de los que habían sido decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios. No habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni se habían dejado poner su marca en la frente ni en la mano. Volvieron a vivir y reinaron con Cristo mil años. Esta es la primera resurrección; los demás muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron los mil años. Dichosos y santos los que tienen parte en la primera resurrección. La segunda muerte no tiene poder [autoridad] sobre ellos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años. (Apocalipsis 20:4-6—NVI)

El hecho de que la segunda muerte no tiene autoridad sobre ellos significa que todos los pecados sobre los que tiene autoridad el Lago de Fuego ya no están presentes en ellos. Por medio de la sangre del Cordero, por medio del mensaje del cual dieron testimonio, y por menospreciar su vida hasta la muerte ellos han vencido al acusador de los hermanos. Ellos son los conquistadores de Dios, los hijos de Dios (Apocalipsis 21:7).

Quienes cumplan con los requisitos para participar en la primera resurrección recibirán nuevamente sus cuerpos a la venida del Señor. Su papel será inundar la tierra con liberación y con vida durante la Era del Reinado de los mil años. Ellos serán los árboles de vida del Señor y de su ser brotarán ríos de agua viva.

De aquel que cree en mí, como dice la Escritura, brotarán ríos de agua viva. (Juan 7:38—NVI)

Jesús dijo estas palabras en “el último día, el más solemne de la fiesta”; esto es, en el octavo día de la fiesta de los Tabernáculos. Los ríos de agua viva que cubrirán la tierra durante el periodo de los mil años fluirán desde el Trono de Dios. Cuando experimentemos el cumplimiento espiritual de la fiesta de los Tabernáculos, el Trono de Dios se establecerá en nuestro corazón por la eternidad.

En cuanto llegamos a las aguas para nadar, que es otra forma de decir que hemos obtenido la primera resurrección de entre los muertos, regresamos a la orilla del río. Ahí encontramos muchos árboles de vida.

Y al llegar vi que en sus márgenes había muchos árboles. (Ezequiel 47:7—NVI)

El único Árbol de Vida, Cristo Jesús, estaba en el jardín del Edén. Ahora hay muchos árboles de vida que han crecido de la raíz de Cristo.

Los árboles de vida son los santos—aquellos que han sido resucitados a la venida del Señor. Ahora ellos son la fuente de Vida de Dios. Aquello que había sido creado en ellos durante su discipulado sobre la tierra fluirá a la creación muerta.

Allí me dijo: “Estas aguas fluyen hacia la región oriental, descienden hasta el Arabá, y van a dar al Mar Muerto. Cuando desembocan en ese mar, las aguas se vuelven dulces [sanas]. (Ezequiel 47:8—NVI)

Los ríos de vida eterna fluirán desde Jerusalén.

En aquel día fluirá agua viva desde Jerusalén, tanto en verano como en invierno. Y una mitad correrá hacia el Mar Muerto, y la otra mitad hacia el mar Mediterráneo. (Zacarías 14:8—NVI)

Verdaderamente (como el Señor declaró en varias ocasiones) la Gloria del Señor cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar. Esta es la restauración de todas las cosas, como fue proclamada por los Profetas Hebreos. Es la venida del Reino de Dios a la tierra.

No harán ningún daño ni estrago en todo mi monte santo, porque rebosará la tierra con el conocimiento del Señor como rebosa el mar con las aguas. (Isaías 11:9—NVI)
Todo lo que perdieron Adán y Eva será restaurado bajo el ministerio de los miembros del Reino de Dios. El ejército del Señor se compondrá por algunos de los santos. Su papel será destruir a los malos de la faz de la tierra. Ellos manejarán la vara de hierro y aplastarán la resistencia de las naciones de la tierra. ¡Cristo Jesús reinará en supremacía! (Miqueas 5:8,9)

Otros santos servirán como sacerdotes, como gobernantes, como maestros, como ayudantes, como llevadores de gozo y de bendición a la humanidad. Las aguas del “mar” (la multitud de la tierra) serán sanadas.

Una de las verdades más grandes que puede ser aprendida por el ser humano es que Dios ha planeado todo desde el principio. Dios ha preparado un lugar para cada uno de nosotros en Su glorioso Reino. Después de que Dios terminó su trabajo, Dios descansó.

Nuestra tarea en esta vida es entrar a ese descanso, a eso que fue terminado desde el principio. Debemos seguir adelante hacia Cristo hasta llegar al lugar preparado para nosotros desde la fundación del mundo.

El concepto de que la única responsabilidad de un individuo es lograr lo que ya a sido preparado para él, alcanzar aquello para lo que ha sido alcanzado, suena demasiado fácil, demasiado bueno para ser verdad. Sin embargo, así es.

¡Es tan difícil rendir nuestro ser y nuestro comportamiento a la voluntad de Dios en Cristo! Todo lo que hay en nuestro ser y en nuestro medio ambiente protesta que hay más en esta vida que sólo permitirle a Dios tener Su voluntad en nosotros. Dichoso el individuo que acepta que Dios sabe lo que Él quiere que él haga, donde quiere que él esté, en qué quiere que él se convierta y que logre, y que logrará todo esto si la persona es obediente a Dios.

El único tema real de toda la vida es la de fe en Dios. ¿Creemos que Dios conoce los detalles de nuestra vida, que tiene un plan para nosotros, que desea nuestro gozo y nuestra paz, que no duerme, y que le importa si tenemos éxito o no?

Pocos seres humanos, aparentemente, llegan a tener una fe simple en Dios. Pasamos todas nuestras vidas “saltando” como las montañas del Salmo 68, esforzándonos para proveer por nuestra seguridad, o para obtener gozo, o para lograr algo, o para lograr nuestras propias expectativas o las expectativas de otros para nosotros.

Toda nuestra vida es un gran esfuerzo porque no confiamos en Dios. Eva no confió en que Dios supiera lo que era mejor para ella, así que ella deseó lo que era mejor para ella. Ella estiró su mano para obtener lo que le parecía deseable. El resultado fue el mismo para ella como para todas las criaturas que no reposan en Dios—un desastre.

Confiar en Dios es tan sencillo y directo, tan bendito, tan fructífero. Y sin embargo, ¿cuántos estamos dispuestos siquiera a intentar confiar en Dios y hacer Su voluntad?

No estamos sugiriendo una actitud pasiva hacia Dios y hacia Su voluntad para nosotros. Nosotros debemos presentar nuestro cuerpo como sacrificio vivo a Dios si esperamos probar Su voluntad para nuestra vida. Presentar nuestro cuerpo como sacrificio vivo requiere de toda la fe y la diligencia que un individuo pueda aplicarle.

No estamos hablando de pasividad sino de buscar al Señor continuamente, siguiendo adelante constantemente en Su voluntad inmediata para nosotros. ¡Qué lucha enfrentamos para entrar al reposo de Dios! Pronto aprendemos que la fe y la oración no son recursos por los cuales convencemos a Dios para que haga lo que nosotros queremos. Más bien, la fe y la oración son la manera de saber qué es lo que Dios desea, y de recibir la fuerza para hacerlo.

Sólo quienes hayan aprendido la obediencia al nivel más profundo de la conciencia serán confiados con cuerpos inmortales. El resto de las personas justas disfrutará del paraíso espiritual hasta el tiempo en que los conquistadores hayan establecido la justicia en la tierra, y que Dios esté satisfecho con que el resto pueda regresar a la tierra en sus cuerpos sin causar otra rebelión en contra de Dios.

Junto al río se detendrán los pescadores, desde Engadi hasta Eneglayin, porque allí habrá lugar para sacar sus redes. Los peces allí serán tan variados y numerosos como en el mar Mediterráneo. (Ezequiel 47:10—NVI)

Esto está hablando sobre la variedad de personas de las naciones salvas, que son la herencia de los conquistadores de Dios. Los santos heredarán a estas personas. Las naciones salvas llegarán desde los confines de la tierra para ser enseñados y bendecidos por los árboles de vida del Señor:

Verás esto y te pondrás radiante de alegría; vibrará tu corazón y se henchirá de gozo; porque te traerán los tesoros del mar, y te llegarán las riquezas de las naciones. (Isaías 60:5—NVI)

Después de heredar la Presencia del Señor, la mejor herencia que uno puede obtener son personas. Conforme el amor de Cristo crece en nosotros podemos comprender este hecho. La herencia de Jesús es la gente. Nuestra herencia también es la gente. Los vencedores heredarán a las personas de la tierra.

Pero los santos del Altísimo recibirán el reino, y será suyo para siempre, ¡para siempre jamás! (Daniel 7:18—NVI)

Desafortunadamente, habrá personas sobre la tierra que no consentirán recibir a Cristo por medio de los santos. Ellos habitarán en una tierra seca. Sobre ellos reposará la maldición Divina.

Pero sus pantanos y marismas no tendrán agua dulce, sino que quedarán como salinas. (Ezequiel 47:11—NVI)

Las naciones que no estén dispuestas a venir a Jerusalén para guardar la fiesta de los Tabernáculos, para celebrar la Presencia de Dios en Cristo en los santos, no serán bendecidas por el Señor.

Y si el pueblo Egipcio no sube ni participa, tampoco recibirá lluvia. El Señor enviará una plaga para castigar a las naciones que no suban a celebrar la fiesta de las Enramadas [Tabernáculos]. (Zacarías 14:18—NVI)

Los árboles de vida del Señor llevarán vida eterna y sanidad a las naciones salvas, a quienes se les ha dado el entrar a la vida eterna en el Reino de Dios.

Junto a las orillas del río crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas no se marchitarán, y siempre tendrán fruto. Cada mes darán frutos nuevos, porque el agua que los riega sale del templo. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas serán medicinales. (Ezequiel 47:12—NVI)

El río de vida eterna se encuentra sólo en la nueva Jerusalén, sólo en la Esposa del Cordero.

Y corría por el centro de la calle principal de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones. (Apocalipsis 22:2—NVI)

La maldición será elevada de la tierra al manifestarse Dios a través de Cristo a través de los santos en quien mora Cristo.

Ya no habrá maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad. Sus siervos lo adorarán. (Apocalipsis 22:3—NVI)

A los justos de las naciones de la tierra se les permitirá entrar a la nueva Jerusalén y comer del árbol de vida (mencionado como un árbol porque siempre es Cristo en los santos).

Dichosos los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y para poder entrar por las puertas de la ciudad. (Apocalipsis 22:14—NVI)

Los árboles de vida del Señor, el sacerdocio real, los hijos de Dios, los hermanos de Cristo Jesús están siendo preparados hoy. Estamos siendo conformados a Su imagen.

Tan pronto como hayamos sido preparados perfecta y completamente, el Señor Jesús aparecerá. Nosotros apareceremos con Él. Toda la vida y la gloria que están siendo creadas en nosotros ahora aparecerán para la liberación y la bendición de las naciones de la tierra.

La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios. (Romanos 8:19—NVI)

Por esto, no nos cansemos de atender al Señor de día y de noche, de noche y de día. Aceptemos los exámenes e indagaciones eternas, las pruebas y los sufrimientos, dándonos cuenta que son la única forma en que podemos volvernos espíritus que dan vida. Dios nunca hace que experimentemos dolor a excepción de que tal dolor sea esencial para lograr el destino para el cual Él nos ha predestinado.

Nunca debemos comparar lo que Dios está haciendo con nosotros con la manera en que Él está tratando a otra persona. Cada uno de nosotros tiene un destino único. Nunca podemos llegar a Dios junto con alguien más. Aunque Dios usa a otras personas para fortalecernos y bendecirnos, cada hijo de Dios debe tener una experiencia única con el Señor.

Existe una tendencia alarmante hoy en día en la que Cristianos encuentran más consuelo unos con otros que con Dios. Esta tendencia de “solidaridad” conducirá a Laodicea, al Anticristo. La obra del Reino no se logra por personas trabajando juntas en amor y armonía. La obra del Reino sólo se logra conforme Dios a través de Cristo Jesús trabaja a través del individuo.

El amor y la armonía son aspectos importantes del Reino de Dios. Se logran como resultado del establecimiento del Reino, pero el Reino no se logra como resultado del amor y la armonía del hombre.

Una de las mayores necesidades de nuestros días es santos que sean profetas verdaderos de Dios. Por “profetas” queremos decir aquellos a quienes Dios ha llevado a una relación intensa Consigo mismo. Los verdaderos profetas del Señor aman a todas las criaturas del Señor con un amor Divino, pero ellos en sí no son parte de un grupo, a excepción de su participación en los aspectos sanos y necesarios de la vida de la iglesia. Ellos no se acercan a Dios como parte de un grupo sino como alguien con quien Dios a hecho un pacto único.

Los conquistadores son los carruajes de Dios. En muchos casos, ellos conocen y aman a Dios mucho más de lo que conocen y aman a la gente. Dios escoge todas sus relaciones y protege con el mayor celo y cuidado a estas personas, que son expresiones de Su Vida,.

Después de que todo se haya dicho y hecho, después de que hayamos pasado por los juicios necesarios, el resultado final es sencillamente hacer la voluntad de Jesús. El Paraíso fue originalmente dado al hombre, pero nadie puede guardar tan fácilmente algo que le es dado. Si vamos a tener cosas de valor debemos ser merecedores de ellas y apreciarlas verdaderamente.

La gloria y el gozo que Dios tiene para cada persona que logra lo que Dios ha preparado para él o ella es más de lo que podemos describir. Existe un camino correcto hacia el final glorioso, y mil senderos falsos. ¡Dichoso el individuo a quien Dios preserva de los engaños del malo y que lleva por fin a una unión Consigo mismo a través de Jesús!

Vida eterna en el Paraíso de Dios aguarda a los que aman verdaderamente a Dios. Los que buscan y siguen a Dios con un corazón perfecto obtienen para sí gozo y paz indescriptibles, y son una fuente de vida y de bendición para el resto de las criaturas de Dios. Por su diligencia en servir al Señor, ellos se salvan a sí mismos y a quienes los escuchan.

Dichoso el que tiene en ti su fortaleza, que sólo piensa en recorrer tus sendas. Cuando pasa por el valle de las Lágrimas lo convierte en región de manantiales; también las lluvias tempranas cubren de bendiciones el valle. Según avanzan los peregrinos, cobran más fuerzas, y en Sión se presentan ante el Dios de dioses. (Salmo 84:5-7—NVI)

Existe el agua para cruzar a nado para el creyente que sigue hasta el conocimiento del Señor.

(“Aguaspara Cruzar a Nado”, 4118-1)

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